En las últimas décadas, el escenario internacional ha comenzado a evidenciar un cambio estructural: la pérdida de influencia de Occidente frente al avance de Asia, particularmente de China, a través de una diplomacia pragmática y comercial. Mientras que el mundo occidental insiste en proyectar sus valores liberales como universales —democracia, Estado de derecho, derechos humanos— y suele condicionar su cooperación a la adopción de esos principios, Pekín ha ganado terreno mediante una estrategia que prescinde de exigencias políticas y se apoya en una narrativa de respeto a la soberanía. Esta diferencia explica por qué Occidente se encuentra, cada vez más, relegado en regiones donde antes ejercía un dominio indiscutido.
Occidente construyó su hegemonía tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base de un universalismo normativo. Instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial vincularon la asistencia al cumplimiento de reformas estructurales, mientras que la Unión Europea convirtió los derechos humanos y la gobernanza democrática en condiciones de acceso a cooperación o acuerdos comerciales. Este modelo, aunque exitoso en consolidar un marco liberal internacional, también generó rechazo en países que perciben tales condicionalidades como formas encubiertas de tutela externa. Además, la memoria colonial sigue siendo un obstáculo insalvable para gran parte del Sur Global asocia a las potencias occidentales con imposición, explotación y paternalismo, lo que limita la legitimidad de su discurso.
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China
Pekin, en cambio, ha adoptado un camino diferente. Desde la Iniciativa de la Franja y la Ruta hasta su expansión en África y América Latina, ha ofrecido financiamiento, infraestructura y comercio sin demandar cambios políticos. Con el énfasis puesto en el desarrollo económico, la estabilidad social y el respeto a la soberanía estatal por encima de la imposición de un modelo político único. Este pragmatismo le ha permitido a China presentarse no como una potencia colonial, sino como un socio del Sur Global que entiende las prioridades de crecimiento y rechaza la injerencia en los asuntos internos. La ausencia de un pasado colonial refuerza esa narrativa y le otorga una ventaja simbólica considerable frente a Occidente.
La consecuencia es clara, con el modelo occidental de condicionalidad perdiendo atractivo en un mundo donde la mayoría de los Estados busca preservar su soberanía y obtener acceso rápido a recursos financieros y tecnológicos. La rigidez ideológica de Occidente, al insistir en condicionar la ayuda y los acuerdos a transformaciones políticas, termina generando espacios vacíos que China ocupa con facilidad. Para gobiernos con debilidades institucionales o con prioridades urgentes de desarrollo, la oferta china resulta más atractiva que las exigencias occidentales.
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Cerrando la Idea
Lo que se observa, entonces, es una transición en la que los valores occidentales pierden fuerza no tanto por la debilidad material de Europa o Estados Unidos, sino por su incapacidad de adaptarse a un mundo multipolar donde el pragmatismo pesa más que la ideología. El avance chino no significa necesariamente el triunfo de un modelo alternativo, pero sí evidencia que el discurso occidental de universalidad está en cuestión. En palabras de Mahbubani, Occidente enfrenta “el gran desconcierto” de un orden internacional en el que ya no puede imponer sus condiciones sin enfrentar resistencia.
En definitiva, el contraste entre valores asiáticos y occidentales radica en la flexibilidad. China ofrece comercio, inversión y tecnología sin condicionalidad política, mientras Occidente insiste en vincular su cooperación a la adopción de principios liberales. La diferencia está dando resultados: Occidente retrocede, no solo por los límites de su poder material, sino por la rigidez de un programatismo ideológico que ya no convence al Sur Global.





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