Hoy en día, los Estados occidentales enfrentan grandes desafíos, entre ellos la necesidad de satisfacer a una amplia mayoría del electorado. Cuando los gobiernos no logran cubrir estas demandas, surge la búsqueda de figuras políticas o partidos que prometen soluciones rápidas y, si es necesario, saltarse las reglas institucionales.
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Mientras las democracias occidentales avanzan con lentitud y cargan con promesas incumplidas, crece la atracción por alternativas marcadas por la falta de tolerancia y de respeto hacia los valores de la democracia liberal. Esto capta la atención de un público cada vez más frustrado, generando no solo una sociedad fragmentada, sino también el ascenso de líderes carismáticos que prometen soluciones radicales.
Este artículo analiza los síntomas de la erosión democrática, compara su funcionamiento con regímenes autoritarios y examina las consecuencias de este proceso, entre ellas la expansión de los liderazgos personalistas.
Fatiga democrática
El sistema democrático es característico por poseer elecciones, en la cual la ciudadanía puede elegir a sus gobernantes mediante las urnas. La supervivencia de los representantes depende de qué tan capaces son de poder solventar las necesidades y las problemáticas que se encuentran en la sociedad. Distintivamente, nos encontramos con sociedades heterogéneas, especialmente en un mundo globalizado y altamente conectado entre sí.
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Frente a esto, es preciso entender que el juego democrático tiene una regla inquebrantable: “siempre habrá perdedores”. Es prácticamente imposible satisfacer a todo el electorado, gestándose así descontentos e incluso divisiones dentro de la sociedad. Entonces muchas veces se le da lugar a la duda: ¿la democracia es el mejor régimen? Gran parte de la problemática residen en que las generaciones recientes nacieron con un Estado de derecho, desconociendo las características de otros modos de gobierno. No han atravesado períodos donde las instituciones fueron interrumpidas por modelos autocráticos, restándole así importancia a lo que conlleva cuidar una democracia liberal.
Sumado a esto, a nivel global es posible ver una gran desconfianza hacia el sistema y los dirigentes políticos tradicionales. Cuestiones como la corrupción, una clase política desconectada de la realidad en la que vive el ciudadano promedio y la violencia que es moneda corriente en distintas regiones, erosiona la credibilidad hacia la democracia.
En paralelo, la globalización, las crisis recurrentes como las migraciones y los conflictos geopolíticos generan ansiedad en sociedades que demandan respuestas rápidas. Según un artículo de El País (2025), Europa está atravesando una oleada migratoria a gran escala, siendo que sectores significativos de la población, perciben que la llegada de migrantes pone en riesgo la identidad cultural, las tradiciones y, en algunos discursos más radicales, la “pureza” étnica de la sociedad.
La naturaleza deliberativa de la democracia choca con la inmediatez que exigen estos desafíos, lo que abre espacio a modelos autoritarios que prometen soluciones más veloces, aunque no necesariamente más efectivas.
Espejismo con el autoritarismo
Los modelos autocráticos poseen una gran ventaja frente a la democracia liberal, no se debe rendir cuentas a nadie. Los dirigentes en la cima de la jerarquía no precisan del aval ciudadano, la mesa negociación es reducida.
Así encontramos diversos ejemplos como China. Es evidente el gran crecimiento económico que presenta el gigante asiático, posicionándose a pasos apresurados en el tablero mundial. Las democracias occidentales observan con temor a estos regímenes, donde los derechos humanos no figuran como prioridades en la agenda política. Además, se genera una narrativa atractiva para quienes perciben a la democracia como lenta o infrecuente, especialmente en las generaciones recientes.
El denominador común de estos modelos es la falta de disenso, y es evidente como se sostiene a lo largo del tiempo. No es necesario hablar de represión sino de una aceptación social y una legitimidad pragmática que mantiene fresco al régimen. La ciudadanía capta una sensación de orden y estabilidad, dejando de lado cuestiones como el respeto a las instituciones, la búsqueda de proteger a las minorías y la necesidad de llegar a acuerdos colectivos. El estado monopoliza la narrativa mediática y se proyecta un modelo de éxito, tanto a nivel local como hacia el exterior.
Desde afuera, se percibe una eficiencia, siendo llamativo ante un contexto local fragmentado, donde la inmediatez para resolver problemáticas no es posible. No importa si este modelo deja de lado las libertades y la división de poderes que sostiene la democracia liberal, justamente la percepción selectiva alimenta el espejismo.
Desafíos a los institucionales
Más allá de los regímenes que son abiertamente autoritarios, los liderazgos personalistas, nos brindan una perspectiva interesante para entender cómo ciertas figuras políticas, incluso dentro de sistemas democráticos, pueden justificar la violación de límites institucionales en nombre de una supuesta “voluntad popular” directa. Estos representantes se caracterizan por utilizar discursos afectivos, incluso marcando un enemigo en común por el cual hay que luchar. Esto no solo alimenta la polarización, sino que todo aquel que no sea parte del “equipo” comienza a ser visto como un “enemigo”. Los consensos y el diálogo frente a la necesidad de respuestas inmediatas comienzan a ser dejados de lado.
Lo peligroso de esto es que: «el cambio es continuo y lento (…), tampoco implica altos grados de violencia como ocurría con los golpes de Estado o una revolución, y de ahí los problemas para detectarlo a tiempo” (Mazzina, 2025, p.40). El orden liberal occidental, especialmente en América Latina, atraviesa esta problemática, entendiendo que la “muerte de la democracia” es lenta y muchas veces imperceptible. Tenemos varios ejemplos, el más visible en la región es Venezuela con el régimen de Chávez y Maduro.
Se entiende que los políticos con una amplia legitimidad popular llegan al poder mediante mecanismos democráticos, luego comienzan a avasallar de forma progresiva las instituciones desde adentro del gobierno.
Hoy en día encontramos semejante el caso del Salvador junto a Nayib Bukele. El éxito del mismo reside en el gran apoyo popular por devolverle a el Salvador lo que venía pidiendo hace años, mayor seguridad. Este país fue tomado por bandas criminales, impidiendole a la población vivir en paz. Gracias a las medidas del gobierno, la delincuencia ha disminuido, como también así se jactan avances como el crecimiento económico.
Por otro lado, según un artículo de Público (2024), El Salvador ha priorizado el “populismo punitivo” y la seguridad a expensas de la democracia, consolidando un régimen autoritario bajo el mando de Bukele. El mismo ha eliminado controles y contrapesos, le ha dado lugar a su reelección indefinida, como también así se percibe una oposición política “pulverizada”.
Si bien los resultados a simple vista parecen atractivos, se encubren grandes problemáticas que son incompatibles con lo que promueve la democracia liberal. Según La Nación (2025), Bukele afirmó: “Democracia, institucionalidad, transparencia, derechos humanos, Estado de derecho… suenan bien, son grandes ideales en realidad, pero son términos que en realidad solo se usan para mantenernos sometidos».
Este escenario invita a reflexionar si la apartente estabilidad, justifica la crisis institucional. El caso salvadoreño refleja como la eficiencia y la seguridad pueden muchas veces justificar el avance de un modelo autocrático. La pregunta es: ¿hasta cuándo perdurara? Si el pueblo del Salvador deja de respaldar a Bukele, el fortalecimiento de la democracia dependerá de la presión social, similar al caso de Venezuela. La problemática reside en que no sea demasiado tarde.
Conclusión
Las democracias liberales enfrentan hoy un dilema: la frustración ciudadana ante promesas incumplidas abre espacio al ascenso de liderazgos personalistas que, aunque surgen de las urnas, terminan por avasallar las instituciones desde adentro. Tal como advierte la literatura contemporánea, la erosión democrática es gradual y difícil de percibir en sus primeras etapas, lo que la hace aún más peligrosa.
Frente a esta amenaza, la defensa de la democracia no puede quedarse solo en lo institucional; necesita de una sociedad civil critica, comprometida y capaz de resistir esos discursos que intentan justificar la concentración del poder en nombre de la “voluntad popular”. Al fin y al cabo, el futuro de las democracias liberales dependerá de la habilidad de la ciudadanía para identificar y detener a tiempo a quienes buscan poner el poder por encima de las reglas.
DESCARGO DE RESPONSABILIDAD
Las opiniones y perspectivas expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de sus autores y colaboradores invitados. No reflejan necesariamente las posturas institucionales ni las políticas oficiales de Politólogos al Whisky, y no deben interpretarse como un aval o respaldo automático por parte de esta organización.
Referencias
- El País. (2025, 23 de marzo). La izquierda y el racismo sin raza. https://elpais.com/opinion/2025-03-23/la-izquierda-y-el-racismo-sin-raza.html
- Mazzina, C. (2025). La paradoja de la rana en la olla: Cómo las democracias mueren. Grupo Unión.
- Calero, C. G. (2024, 5 de febrero). El Salvador sacrifica su democracia y Bukele blinda su régimen autocrático. Público. https://www.publico.es/internacional/salvador-sacrifica-democracia-bukele-blinda-regimen-autocratico.html
- Agencias. (2025, 2 de junio). Bukele asegura que le tiene “sin cuidado” que lo llamen “dictador”. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/agencias/bukele-asegura-que-le-tiene-sin-cuidado-que-lo-llamen-dictador-nid02062025/





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