“Suiza existe porque es un acto de fe”. Jorge Luis Borges
En medio de las montañas de Europa Central se encuentra Suiza, el país de los relojes y los chocolates, de la vaca Milka y Roger Federer. Con una superficie de tan solo 41,285 km² y una población de casi 9 millones de personas, este pequeño país ocupa un lugar fundamental en el imaginario y cultura europeas.
La historia suiza comienza el 1 de agosto de 1291, cuando los pueblos de Uri, Schwyz y Unterwalden firmaron un pacto federal, el Bundesbrief, como se lo conoce en alemán. El objetivo de este tratado era combatir a los Habsburgo, soberanos de Austria, quienes en ese entonces reinaban sobre el Imperio alemán más grande de Europa.
En un contexto histórico marcado por la conquista y la expansión, este pequeño Estado logró sobrevivir a los diversos conflictos, tensiones y reordenamientos geográficos que atravesó el continente europeo.
Durante las guerras napoleónicas, la entonces Confederación Helvética fue invadida por el Imperio francés, convirtiéndose en un Estado satélite de Francia. Con la derrota de Napoleón y el advenimiento del Congreso de Viena, Suiza recuperó su soberanía y adoptó la neutralidad, una característica que va a signar su política exterior a partir de entonces.
Durante la Primera Guerra Mundial, mientras la Europa de la Belle Époque se desangraba en el campo de batalla, Suiza sirvió como refugio para muchos activistas e intelectuales que huían del odio chauvinista que había atrapado a sus países de origen. Stefan Zweig, Romain Rolland y James Joyce son solo algunos ejemplos de escritores que encontraron en Ginebra algunos rastros de la patria que habían perdido.
Mientras los hombres más ilustres de su tiempo rechazaron abruptamente la cultura de los países enemigos, en las urbes suizas el italiano se escuchaba a la par del francés y alemán, que a su vez se mezclaban con el inglés. En medio de un Zeitgeist nacionalista, el país de los tres cantones-italiano, francés y alemán- se convirtió en la esperanza del Renacimiento europeo.
Finalizada la Gran Guerra, Suiza albergó a la Sociedad de las Naciones, el primer intento de la Comunidad Internacional de construir una Organización internacional con vicios de universalidad. A pesar de sus buenas intenciones, esta Organización no logró prevenir el desastre que significó la Segunda Guerra Mundial para Europa y el mundo.
Durante la contienda, el rol del Estado helvético fue bastante controvertido. Por un lado, volvió a actuar de refugio para los perseguidos por el nazismo. Asimismo, su condición de país neutral permitió que muchos de sus funcionarios pudieran rescatar a muchos judíos de ser asesinados en los campos de concentración.
Un ejemplo destacable es el de Carl Lutz, diplomático apodado el Schindler suizo. Los esfuerzos de Lutz lograron salvar la vida de alrededor de 62.000 judíos húngaros, en una operación que se considera como el mayor rescate de judíos durante el Holocausto. Como consecuencia de sus acciones fue declarado como Justo entre las Naciones por el Instituto Yad Vashem en Jerusalén.
Pero al mismo tiempo, las relaciones entre jerarcas nazis e importantes bancos suizos empañaron la imagen de Suiza para la Comunidad Internacional.
Durante la postguerra, su posición neutral le impidió integrar organismos de integración como la Unión Europea. Sin embargo, su multiculturalidad y hospitalidad lo convirtieron en un centro de armonización para la cultura europea en la segunda mitad del siglo XX. Alojó organismos de las Naciones Unidas, incentivó los Convenios de Ginebra sobre Derecho Internacional Humanitario y se consolidó como un peacemaker en un mundo en conflicto.
Con una Europa polarizada y fragmentada, el ejemplo suizo nos muestra que la fuerza y el poder se encuentran en la diversidad y el multiculturalismo. En un mundo que vira hacia el nacionalismo, la Suiza cosmopolita es un oasis de concordia y aceptación.





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