El Ministerio de Seguridad del Estado de la República Popular China, más conocido por sus siglas en inglés como MSS (Ministry of State Security) es uno de los pilares más enigmáticos y determinantes del aparato de inteligencia y seguridad nacional de china. Creado en 1983, el MSS se ha transformado en una estructura operativa fuertemente centralizada que abarca, a su vez, actividades que van desde la contrainteligencia y el espionaje internacional hasta la supresión de disidencias internas (como la vigilancia de actividades consideradas subversivas o antirrevolucionarias -sobre todo en la era post maoísta-). Sin embargo, su papel fue adquiriendo una nueva centralidad y un mayor protagonismo al inicio del Siglo XXI, particularmente en un contexto de conflictos territoriales y hegemónicos que China enfrenta hace décadas, entre los cuales se destaca la disputa en el Mar Meridional Chino.

En sistemas democráticos occidentales, las funciones de inteligencia se dividen en agencias especializadas, como una orientada a asuntos exteriores y otra a seguridad interna. Sin embargo, el MSS concentra ambas funciones en un solo organismo. Aunque internamente cuenta con divisiones separadas para la inteligencia exterior, la contrainteligencia y la seguridad interna, esta centralización responde a una tradición política autoritaria que favorece el control riguroso y la protección de la estabilidad del régimen. Este modelo difiere del de otros países en los que la división de responsabilidades facilita la supervisión y el equilibrio de poderes, permitiendo una mayor protección de las libertades civiles.

Desde una perspectiva organizacional, el MSS responde directamente al Consejo de Estado y, de forma más sustantiva, al Comité Central del Partido Comunista Chino (PCCh). El Consejo de Estado es el máximo órgano administrativo de China, para nuestro entender sería el equivalente a un gabinete de ministros, encabezado por el primer ministro y compuesto por viceprimeros ministros, consejeros de Estado y los titulares de los distintos ministerios. Por su parte, el Comité Central del PCCh es una de las principales estructuras de poder del partido, conformado por varios cientos de altos funcionarios, y encargado de definir las líneas estratégicas y de supervisar la implementación de las políticas del partido a nivel nacional. Subordinación que refleja el carácter híbrido del MSS como un órgano estatal y, a la vez, como una herramienta del Partido para mantener el control interno y promover sus intereses.

El MSS está encabezado actualmente por Chen Yixin, quien fue nombrado ministro en 2022. Es un destacado miembro del Partido Comunista Chino y político de confianza de Xi Jinping (actual presidente), que ocupa un papel clave en la seguridad nacional y las operaciones de inteligencia. Bajo su liderazgo, el ministerio ha intensificado sus operaciones de espionaje y contraespionaje, movilizando agencias de seguridad, empresas privadas y ciudadanos para recopilar información, con el fin de detectar amenazas y disidencias, para garantizar la estabilidad nacional y consolidar el control absoluto del Partido. Asimismo, ha incrementado la presencia del MSS en plataformas como WeChat, con el fin de “concienciar” a la población sobre las amenazas externas y fomentar la participación ciudadana en la protección de la seguridad nacional.

A diferencia de otras agencias de inteligencia con estructuras descentralizadas o con mandatos fragmentados, el MSS combina en su seno atribuciones de inteligencia civil y militar, operando bajo un estricto marco de verticalidad jerárquica y secrecía institucional. Configuración la cual le permite actuar con gran eficiencia y discreción en contextos nacionales e internacionales, desplegando una variedad de mecanismos que incluyen desde operaciones encubiertas tradicionales, como el caso de Katrina Leung en Estados Unidos (una doble agente que trabajó para el FBI y el MSS simultáneamente), hasta sofisticadas campañas de ciberespionaje, ejemplificadas en la Operación Cloud Hopper, donde el MSS robó propiedad intelectual de empresas tecnológicas mediante ataques informáticos a proveedores de servicios de tecnologías de la información (IT) en múltiples países. Además, se involucra en la manipulación informativa a través de campañas de desinformación en redes sociales como ocurrió durante la pandemia de COVID-19, buscando moldear la percepción internacional y proteger la imagen de China.

La misionalidad del MSS ha evolucionado en consonancia con el fortalecimiento global de China, pasando de un enfoque centrado en la vigilancia ideológica y la contención de amenazas internas hacia una función más amplia de inteligencia económica y captación de información estratégica en el extranjero. En la actualidad, actúa como un instrumento clave de proyección estatal, tanto en la prevención de riesgos como en la disuasión de actores hostiles, alineado con la doctrina de “seguridad nacional integral” promovida por Xi Jinping. Esta función se articula con otras instituciones centrales del poder chino, como el Ejército Popular de Liberación (fuerza militar controlada por el PCCh y encargada de la defensa y proyección estratégica del país) y el Ministerio de Relaciones Exteriores, conformando una red sinérgica que le permite a Beijing actuar de forma coordinada frente a escenarios de tensión regional e internacional.

Entre las prácticas más recurrentes del MSS se encuentran las actividades de vigilancia sobre delegaciones diplomáticas extranjeras, como se evidenció en el caso de espionaje a la embajada de Estados Unidos en Beijing en 2010, donde se descubrieron dispositivos de escucha encubiertos. También destaca la infiltración de instituciones regionales clave, como la ASEAN en 2015 (una organización regional que impulsa la cooperación política, económica y cultural entre los países del Sudeste Asiático), y la adquisición clandestina de tecnología sensible, ejemplificada por el robo de secretos industriales de General Electric entre 2014 y 2017. Asimismo, ha participado en operaciones de sabotaje informático, como la campaña APT40, que buscaba obtener datos estratégicos sobre la infraestructura naval y tecnológica en el sudeste asiático. Estas acciones le permiten a China anticipar decisiones adversas y moldear el entorno diplomático a su favor, reforzando la coherencia entre sus instrumentos de poder duro y blando.

A su vez, la cooperación entre el MSS y otras entidades del aparato estatal, como el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Departamento de Trabajo del Frente Unido (agencia que implementa estrategias de influencia en actores externos e internos) o el sistema de propaganda del Partido Comunista Chino, refuerza una estrategia holística de influencia regional. Una sinergia institucional que le permite una mejor coordinación operativa, además de una mayor eficacia en la implementación de las directrices de política exterior, transformando a la inteligencia en una herramienta de acción diplomática indirecta.

El papel del MSS en la región adquiere mayor relevancia en el contexto del Mar Meridional Chino, uno de los focos de tensión permanente del panorama geopolítico actual. Esta región, de unos 3,5 millones de kilómetros cuadrados, concentra intereses vitales, como rutas marítimas claves, posibles yacimientos de hidrocarburos, abundantes recursos pesqueros y territorios insulares en disputa. China, Vietnam, Filipinas, Malasia, Brunei y Taiwán se enfrentan en esta zona, alimentando conflictos diplomáticos y militares.

Las reclamaciones de China se basan en la “línea de nueve trazos”, una delimitación marítima unilateral que fue trazada por primera vez en mapas oficiales chinos en la década de 1940. Esta línea abarca casi la totalidad del mar y se superpone con las zonas económicas exclusivas de varios países vecinos. Si bien Beijing sostiene que esta demarcación refleja derechos históricos sobre las aguas y las islas disputadas, el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya (organización intergubernamental dedicada a la mediación y resolución de disputas internacionales), la declaró jurídicamente infundada en 2016. A pesar de ello, China ha ignorado dicho veredicto y ha consolidado su presencia en la región mediante la construcción de islas artificiales, la militarización de arrecifes y el patrullaje constante de sus fuerzas marítimas, lo que ha incrementado las tensiones diplomáticas y la inestabilidad regional.

Más de un tercio del comercio global cruzan este mar, lo que convierte cualquier crisis en una amenaza económica global. Los aspectos de la disputa incluyen la competencia por los recursos energéticos y han llevado a la intervención de grandes potencias externas, en particular, el apoyo de los Estados Unidos que defiende la libertad de navegación, política que se ha materializado en el despliegue regular de patrullas marítimas en la zona y en la formación de alianzas estratégicas como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD), que incluye a Japón, India y Australia. Estos países, junto con otros actores como el Reino Unido o Francia, han manifestado su preocupación por el avance de una hegemonía regional china que desestabiliza los equilibrios tradicionales del Indo-Pacífico.

La actuación del MSS, y más ampliamente la estrategia de China en el Mar Meridional, ha generado una amplia gama de respuestas regionales e internacionales que reflejan tanto preocupaciones estratégicas como intereses geoeconómicos. A nivel regional, países miembros de la ASEAN han adoptado posturas dispares, oscilando entre la confrontación diplomática y la cooperación pragmática. Filipinas, por ejemplo, ha llevado adelante iniciativas legales como el arbitraje de La Haya, mientras que Camboya y Laos han tendido a respaldar las posiciones chinas en foros multilaterales, debido a su alta dependencia económica de Beijing.

En el ámbito legal, diversas organizaciones internacionales han cuestionado la legitimidad de las reclamaciones chinas y la legalidad de las acciones vinculadas al MSS, en particular aquellas relacionadas con la vigilancia transnacional y el ciberespionaje. 

Un ejemplo de ello es la operación “Fox Hunt”, lanzada oficialmente en 2014, a través de la cual el MSS ha desplegado redes informales para hostigar, vigilar y presionar a ciudadanos chinos en el extranjero (incluidos disidentes y exfuncionarios) con el objetivo de forzar su retorno a China, muchas veces al margen de canales legales internacionales. Asimismo, en países del Sudeste Asiático, como Vietnam o Malasia, se ha documentado la infiltración de redes académicas y religiosas por parte de actores vinculados al MSS, como en el caso de la campaña de ciberespionaje “Mustang Panda”, que comprometió comunicaciones del Vaticano e instituciones regionales. De igual forma, en el ámbito económico, también se han detectado ataques cibernéticos dirigidos a compañías petroleras en zonas disputadas del Mar Meridional, como parte de una estrategia para recolectar inteligencia sobre licencias de perforación y exploración energética.

Por tal razón, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS) ha sido invocada reiteradamente como marco normativo para limitar las pretensiones de Beijing, aunque la falta de mecanismos coercitivos dificulta su aplicación efectiva.

A nivel global, la percepción sobre China y su aparato de inteligencia se ha visto deteriorada, contribuyendo al endurecimiento de políticas de seguridad, a la reconfiguración de alianzas y al surgimiento de nuevos paradigmas de defensa digital. La participación del MSS en estas dinámicas, si bien difícil de probar en muchos casos, es un factor determinante que moldea las estrategias de respuesta y prevención de otros Estados.

En un próximo artículo, exploraremos en detalle la relación entre el MSS chino y Argentina, analizando cómo las estrategias de inteligencia y proyección exterior del aparato estatal chino se manifiestan en el ámbito bilateral, y cuáles son sus implicancias geopolíticas, económicas y en materia de seguridad para nuestro país.

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