En un momento en el que los ciudadanos sienten que la política está completamente desconectada de sus necesidades reales y pocos se sienten representados, se suma una agravante: tenemos que ir a votar.
Aunque algunos sigan la tradición familiar o incluso apuesten por aquellos con quienes se encuentran más alineados, para muchos otros las elecciones han perdido su magia, y recurren a votar al “menos peor” o incluso el voto en blanco. Esto se da por el descontento que siente la sociedad ante los políticos en general y los partidos en particular, ya que no encuentran en ellos respuestas a sus reclamos.
Es por esto que planteamos la pregunta: ¿los partidos tienen un proyecto político o son puro marketing?
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Hoy en día las redes sociales se han convertido en el principal medio de comunicación. Su dinamismo, diversidad de formatos y alcance prácticamente ilimitado las posicionan como las principales formadoras de opinión pública. En este contexto, lejos de ser aliadas, se presentan como uno de los mayores desafíos —y en muchos casos, los principales enemigos— de los partidos políticos.
En el último tiempo, hemos notado cómo estos se volvieron receptores reactivos ante los humores sociales, dejando de lado su tarea de presentar, proyectar e idear programas de representación. Tal como plantea Daniel Innerarity en “La política en tiempos de indignación”, la política ya no se proyecta hacia el largo plazo, sino que se ha transformado en una reacción constante frente a las urgencias del presente. Podríamos pensarlo como si se hubiese convertido en el termómetro en lugar de en la brújula, es decir, en el aparato que mide el humor social y reacciona ante ello, en vez de ser la guía y orientadora. La política, entendida como acción transformadora, siempre fue brújula, capaz de leer el presente, pero sobre todo de intervenirlo, y eso ya no es a lo que estamos acostumbrados.
Si nos detenemos a pensarlo, no existen en la actualidad propuestas que no tengan que ver con las voces del pueblo. Lo que nos conduce a otro interrogante: ¿por qué nos sentimos menos representados si, en teoría, se nos escucha más?
Zygmunt Bauman reflexiona sobre el paso de la política a lo emocional, ya no relacionada con la racionalidad de lo que merece ser tratado, sino con la subjetividad de lo que “hará feliz al pueblo”. Pero el pueblo no está feliz. Entonces, ¿dónde está la falla? Quizás la respuesta esté en que hace tiempo que se lo invoca más de lo que se lo escucha, y se lo interpreta más de lo que se lo representa.
La respuesta que viene más rápido a nuestra cabeza es la confianza del electorado. La demostración es clara, los partidos políticos manejan sus agendas con base en las opiniones. El mensaje más profundo se ve fácilmente reemplazado por el más viral. Lo que nos lleva, como votantes, a sospechar tanto sobre la claridad de los proyectos como de la capacidad de que estos sean efectivamente concretados en caso de que dejen de ser prioritarios en el “qué dirán”. Sumado a esto, los planes a largo plazo difícilmente encuentran lugar en la agenda, ya que se prioriza la inmediatez por sobre resolver los llamados “problemas de raíz”.
La lógica de acumulación de “me gusta”, retuits y visualizaciones termina por desplazar discusiones necesarias, pero menos atractivas. Las redes premian lo que impacta, no necesariamente lo que aporta. Así, los discursos políticos se moldean para encajar en un clip de 15 segundos, perdiendo en el camino la profundidad y complejidad que deberían tener. El formato corto obliga a simplificar, y muchas veces, a tergiversar.
A esta situación también se suma el uso desmedido de los Decretos de Necesidad y Urgencia que, por su manera de ser ejecutados, no precisan de una aprobación de la mayoría representante. Son, por ende, medidas que pueden ser fácilmente promulgadas sin tener en cuenta las voluntades del electorado. Teniendo en cuenta los últimos cuatro gobiernos, el número de Decretos ha crecido de una manera exponencial, según demuestran los datos de la Universidad Austral esta tendencia alimenta aún más la idea de que los canales institucionales tradicionales han perdido peso frente a decisiones más unilaterales, a menudo justificadas en la urgencia.
Mientras tanto, la ciudadanía observa, descree, se frustra. Y no es una percepción aislada. En las encuestas realizadas por Latinobarómetro los resultados son contundentes: un 50,6% de los encuestados están en desacuerdo con que los partidos funcionen bien y solamente un 2,2% se reconocen muy de acuerdo con la misma afirmación. La desconfianza no es solo hacia quienes ocupan cargos, sino también hacia las estructuras que supuestamente deben garantizar la representación.
Vivimos una paradoja, por un lado, los discursos apelan constantemente al “sentir popular”, a la cercanía con la gente, a mostrarse como parte del pueblo. Por otro lado, las decisiones que realmente afectan la vida cotidiana suelen tomarse sin consultar, sin dialogar, sin construir consensos. Esa desconexión —entre lo que se dice y lo que se hace— termina alimentando la apatía, el desapego y la desconfianza de los ciudadanos.
Volvemos entonces al punto de partida: ¿los partidos tienen hoy un proyecto político real o solo una estrategia de comunicación? La respuesta quizás no sea binaria. Es probable que existan esfuerzos por construir propuestas sólidas, pero que estas queden opacadas por la urgencia de “comunicar bien”. O peor, que el comunicar se haya convertido en el proyecto mismo.
En ese marco, recuperar la brújula parece una tarea urgente. Volver a pensar la política como herramienta de transformación social, capaz de mirar más allá del presente inmediato, y reconstruir los lazos rotos entre representantes y representados.





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