Las elecciones presidenciales de 2023 son las más tecnológicas de la historia del país. Esta afirmación puede hacerse sin mayores sobresaltos, no solo por la utilización de voto electrónico en algunos distritos electorales (con dispares niveles de éxito), sino por donde parecen estar pujando por el poder los candidatos.

Dejando en off-side no solo al sistema electoral bipolar, sino a los dos titanes nacionales de la maquinaria de partidos, se alzó una figura presidenciable de alta aceptación que carece de aparato territorial y cuyos adeptos parecen hacerse más visibles en las redes que en las calles.

¿Es este fenómeno consecuencia de tratar al ciberespacio como un aderezo de la política o hay más manos en la cocina?

Quiénes somos, qué hacemos, qué queremos

El filósofo político Jacques Ranciere Ranciere propone en sus escritos El malestar en la estética y El reparto de lo sensible particulares relaciones entre la política, las formas de visibilizar y las formas de hacer: en palabras sencillas plantea que hay un lazo inexorable entre qué consideramos política, cómo hacemos las cosas y dónde las mostramos. Mientras que la política refiere “a lo que se ve y a lo que se puede decir, a quién tiene competencia para ver y calidad para decir, a las propiedades de los espacios y los posibles del tiempo”, las formas de visibilizar se relacionan con las prácticas, el lugar que ocupan y lo que ‘hacen’ con respecto a lo común; mientras que las formas de hacer intervienen en las “relaciones con las maneras de ser y las formas de su visibilidad”

La política ha sido históricamente un campo inexorablemente ligado a la territorialidad, hecho que se hace presente en su segmentación (por ejemplo, la constitución de la geopolítica como rama de estudio), sus discursos (el cuerpo como territorio) y sus manifestaciones (la constitución de Estados-Nación). Aún dejando a un lado las teorizaciones más abstractas, las referencias a prácticas concretas también revisten de esta característica: es corriente aludir a la militancia como «la bajada a territorio» o llamar «bajar a campo» a un paso imperioso de todo estudio de ciencias sociales.

Sin embargo, una creación de finales de los años 50 cambiaría para siempre qué es la política, cómo la realizamos y cómo la exhibimos. La invención del internet a mediados del siglo XX hizo posible el desarrollo del ciberespacio, que es el nombre que las ciencias sociales le han otorgado a las relaciones que se desarrollan gracias al internet y otras tecnologías adyacentes. Este desarrollo tecnológico está en constante conversación con nuestras miradas sobre el mundo, ya que nos permite construir lo que consideramos deseable, reconfigurar cómo nos vinculamos y realizar lo antes irrealizable.

En menos de un siglo, este espacio sin espacio físico se ha ido permeando en cada uno de los rincones de la vida, incorporando cada vez más sujetos y esferas. De hackers y adeptos a las últimas tecnologías discutiendo en foros cerrados hemos transicionado a espacios abiertos donde virtualmente cualquiera puede participar, e incluso, a veces nos vemos forzados a hacerlo con el advenimiento de la industria 4.0 y la e-democracia.

Con estos tremendos cambios en la forma de llevar adelante discusiones públicas y su visibilización, la política también ha tomado nuevas formas, y por ende, era de esperarse que las formas de disputar la política no sean las mismas que antes.

Ciberespacio: Tiempos políticos, espacios despolitizados 

En su artículo de 2005 “Los imaginarios de internet: una aproximación crítica a los discursos hegemónicos en el ciberespacio” Isis Sánchez Estellés y Sara López Martín escribieron “la democracia será adaptada y desglosada en conceptos apropiados a los usos que la Red permite”. Con cierto tino, las autoras pusieron por delante al ciberespacio por sobre la democracia, mostrando así la jerarquía que prevalecería. No es que sean diametralmente diferentes, sino que a la hora de realizar compromisos, el ciberespacio no es quien cede. Por ejemplo, principios democráticos como la libertad (de expresión, de circulación de información) y participación (creación colectiva de herramientas dinámicas) se hacen presentes; pero hay limitaciones insoslayables.

El teórico político Benjamin R. Barber planteaba a comienzos del milenio que el ciberespacio es incompatible con requerimientos básicos del sistema democrático, como las necesidades de deliberación, mediación, acceso universal, espacio público y control popular de la democracia. En primer lugar, la deliberación debe ser prudente para evitar pasos en falso y rápidos arrepentimientos, pero el ciberespacio demanda instantaneidad. En segundo lugar, el ciberespacio está plagado de sobreinformación cuya autoría, veracidad e intención no podemos rastrear fácilmente, mientras que la democracia no exige solo conocimiento, sino poder realizar juicios sobre ellos. En tercer lugar, aunque este punto siempre se vea minimizado, el ciberespacio tiene un acceso limitado: se requiere poseer ciertos hardware y software y saber usarlos. Citando al autor “Eso significa que, a medida que la tecnología se convierte en crucial para la democracia, la democracia se convierte en menos igualitaria, no más igualitaria”. En cuarto lugar, el ciberespacio tiende a las cámaras de eco. Si los algoritmos solo nos muestran lo que queremos ver, terminamos teniendo relación exclusivamente con personas, plataformas y contenidos que reafirman nuestros preconceptos en vez de desafiarlos. De esta manera, el ciberespacio tiende a poner bajo la alfombra las diferencias sociales existentes que la democracia busca mediar pacíficamente. Finalmente, el ciberespacio está conformado por oligopolios privados que controlan los portales de discusión, la fabricación e instalación mantenimiento del hardware y software, las normas de uso y casi todos los aspectos que le permiten existir. 

En adición, hay otra limitación fundamental sobre la que Barber no elaboró: el ciberespacio ha disociado progresivamente a la democracia de su dimensión espacial. El reconocido sociólogo, abogado, historiador y periodista argentino Sergio Bagú escribió en Tiempo, realidad social y conocimientoEl tiempo es la permanencia de la realidad social. El espacio es un fragmento de la realidad social hecho de la misma materia que el tiempo, es un modo de organizarse en el tiempo”..

El ciberespacio nos ofrece una dimensión temporal casi absoluta, donde las fronteras geográficas se borran, el acceso no está restringido por la hora que marca el reloj y la aglomeración o dispersión rara vez parecen constituir un problema. No obstante, nuestros ejercicios políticos, -sobre todo los democráticos-, siguen estando anclados a la dimensión espacial: Nuestras elecciones siguen realizándose por distritos, los partidos políticos tienen sus bases y sedes de operación en edificios, las jurisdicciones legales dependen de divisiones territoriales, etc. Al remover el factor territorial de la ecuación, nuestra realidad social se des-politiza al carecer de espacio de organización

Y la verdad es que no hay muchos casos de éxito de ejercicio democrático online, al menos si entendemos como éxito a una efectividad que permita cambios estructurales que perduren en el tiempo. Todas nuestras gestiones de crisis y luchas políticas se han dado en los barrios, en las calles, en las escuelas. Por ejemplo, Gerardo Avalle alude en su artículo Clases y territorio: construcción de subjetividades en los movimientos sociales, que el territorio fue un concepto central de politización para muchos movimientos durante la primera década de este siglo: la injusticia o la necesidad por sí mismas no activaron la organización colectiva, pero sí lo hicieron la identificación con ciertos territorios y las experiencias compartidas de todas las personas que los ocupaban.

Es así que sin la posibilidad de anclar las experiencias a un escenario, nos quedamos sin muchas herramientas para comprender y operar los espacios de discusión colectiva, y sobre todo, sin formas de canalizar nuestras demandas de manera tal que puedan y deban ser respondidas. La vida urbana contemporánea ha erradicado progresivamente los llamados terceros lugares, es decir, espacios distintos del hogar y del trabajo donde poder relacionarse y organizarse políticamente. Horas laborales cada vez más largas, trabajo remoto, cierre de shoppings y plazas, privatización de espacios verdes, desfinanciación de clubes deportivos, encarecimiento del costo de actividades recreativas entre otros puntos nos han dejado al ciberespacio como lugar casi exclusivo para la socialización. Esto se ha traducido en desorganización social y política, atomización de las causas, y sobre todo, en una pérdida de confianza en los sistemas políticos que deberían asistirles, y en los políticos en sí, que cada vez tienen menos herramientas para responder a preguntas que parecen no comprender o escuchar.

¿Y ahora qué?

Los resultados de las PASO dejan atónitas a las figuras más imperturbables. En medio de la confusión, parece prevalecer una sola constante: todos los equipos de comunicación política apuestan a redoblar su presencia en el ciberespacio.

Luego de la victoria de Patricia Bullrich por sobre Horacio Rodriguez Larreta, Juntos por El Cambio reestructuró su estrategia de comunicación. De acuerdo a Infobae, la misma implica mejorar el perfil en la televisión, pero sobre todo producir contenidos para las redes sociales TikTok, Instagram, Facebook y X.

En la misma línea, Unión por la Patria contrató al equipo que trabajó con Lula Da Silva en las últimas elecciones presidenciales brasileñas. De acuerdo con la letra P, la coalición está apostando a reforzar la presencia de Massa en las redes tradicionales en sumatoria a aprovechar nuevas incursiones y la multiplicación de cuentas paralelas a las oficiales con contenidos lúdicos y creativos como memes y videos cortos. Sin embargo, no renuncian a la  militancia territorial. El gobernador tucumano Juan Manzur declaró en un acto en el teatro Mercedes Sosa:  “Nos hablan de las nuevas tecnologías y las redes sociales, el Tik Tok. ¿Le quieren ganar al peronismo con Tik Tok? Vamos, muchachos. Los únicos que podemos entrar en los barrios somos nosotros, casa por casa”.

Por su parte, desde la Libertad Avanza disfrutan de ser quienes mejor leyeron, inadvertidamente o no, las nuevas relaciones entre ciberespacio y democracia. De acuerdo a El Diario, lograron una campaña más efectiva con poco menos de 1.5% del presupuesto en publicidad digital de JxC y 5% de UxP. Y esto fue posible porque, paradójicamente, lograron explotar las incompatibilidades entre el ciberespacio y la democracia. Una entrevista a Agustín Romo, -director de comunicación digital de LLA-, dirigida por Victoria De Masi ilumina sobre este punto en varios fragmentos, como la segmentación del espacio público de discusión –“la campaña tiene que ir por el lado de tratar de controlar la conversación para el lado que no te conviene. Si no instalás un tema, el chiste es hacer que pisen el palito […] Yo traje a todos los canales de YouTube que generan contenido de Milei. Querían ayudar y nos preguntaban cómo. No les pagamos. Simplemente venían y decían ‘tengo un canal de YouTube con 300.000 suscriptores, ¿qué hago? Y a nosotros nos sirve que muevan este tipo de contenido creado por ellos y controlado por ellos”- y la explotación de la barrera de entrada del ciberespacio -“Ahí donde haya wifi llegará El León”-. 

Por último, las demás fuerzas parecen enfrentarse a otros desafíos más de fondo que de forma. Hacemos por Nuestro País va a tener por delante el enorme proyecto de darle fuerza al concepto de federalismo en esta democracia cada vez más desterritorializada, donde las identidades provinciales parecen quedar relegadas. Por su parte, el FIT- Unidad deberá trabajar en la barrera de comunicación que les impide, pese a tenerle entre sus principales destinatarios, generar un discurso que se sienta orgánico e interpele a la juventud.

En resumen, nos encontramos en un impasse donde las políticas territoriales parecen no hacer pie y las posibilidades que ofrece el ciberespacio parecen ir en contra de los principios de convivencia democrática que buscamos ejercer en él. Estos son nuestros contemporáneos tiempos democráticos y (ciber)espacios políticos…por ahora. 

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