Nuevo Gabinete: ganadores, vencidos y el retorno de caras conocidas 

Los días posteriores a las elecciones del pasado 12 de Septiembre, donde en los distritos claves de la Argentina se impuso Juntos por el Cambio, el Frente de Todos a cargo de la gestión actual del Estado expuso una disputa pública con respecto a la necesidad de modificar y cambiar las figuras que conforman el Gabinete y en profundidad las políticas que encarna el gobierno de coalición que preside Alberto Fernandéz. 

Hace unas horas juraron los nuevos Ministros de la Nación, los principales cambios de la cartera ministerial son: 

En esta edición especial de Politólogos al Whisky, Agostina Bergia, Julieta Cravero y Esteban Chiacchio analizan los principales puntos de la última semana de la política nacional, los cambios en el gabinete y el futuro de la coalición del Frente de Todos. 

Una pulseada en la que todos pierden

Julieta Cravero y Agostina Bergia

La semana pasada una disputa interna en el Frente de Todos hizo tambalear la gobernabilidad y puso en vilo a la ciudadanía, que quedó como espectadora de una disputa que se gritó a los cuatro vientos. Al final, la interna de la coalición no se llevó a cabo en las PASO, sino en un tira y afloje que terminó con el recambio de parte del gabinete nacional y con la pregunta en el aire de quién ganó la pulseada. 

El revés que recibió el Gobierno tras las elecciones del 12 de septiembre resultó sorpresivo tanto para los bandos propios como para los ajenos, que se encontraron con un resultado que daba cuenta del hastío de una sociedad diezmada por la crisis sanitaria y económica que no encontró respuestas en el gobierno nacional. Los reproches no tardaron en llegar: que la situación económica, que la foto del cumpleaños de Fabiola, que los mensajes contradictorios de los ministros, que la mala gestión de la pandemia. De uno y otro lado, las culpas empezaron a distribuirse y la pelea por quien se quedaba con la derrota y quien con el capital político quedó a la luz. 

Tan solo dos días después de una foto en la que el Frente de Todos parecía mostrar unidad, las fisuras se hicieron evidentes. ¿Qué pasó? Tras la derrota, Alberto Fernández habría acordado con la vicepresidenta Cristina Fernández llevar aire nuevo al pool de ministros/as. El problema radicaba en el cuándo. Desde el kirchnerismo consideraban que la modificación debía darse de manera inmediata, pero el presidente apuntaba el riesgo de quedarse sin maniobra política en caso de volver a perder las elecciones en noviembre. Su presencia en el acto de presentación de la nueva ley de Compre Argentino en Casa Rosada junto a Santiago Cafiero (jefe de Gabinete) y el ministro de Economía, Martín Guzmán, fue tomada como una provocación. Primero el ministro del Interior, Wado de Pedro, y luego otros/as diez funcionarios/as presentaron su renuncia para poner en jaque al mandatario y forzarlo a que efectúe esos cambios.

El enfrentamiento puso en pausa al país, que quedó a la espera de una resolución del presidente que nunca llegó. Luego de que Alberto publicara un hilo de Twitter en el que dijo que iba a resolver el problema, la vicepresidenta le respondió con una carta pública donde dejó en claro varios puntos: que el problema era económico y que había funcionarios que no funcionaban.

El viernes por la noche llegó el capítulo final de esta pulseada, con el anuncio del cambio de gabinete cerca de las 22hs. Pero, ¿quién ganó? Los medios dieron como ganadora indiscutida a Cristina ya que se produjeron los cambios que ella buscaba. En efecto, tras su pedido explícito, Cafiero fue reemplazado por el gobernador tucumano Juan Manzur y el vocero presidencial Juan Pablo Biondi presentó su renuncia indeclinable luego de que la vicepresidenta lo acusara de dañar a la colación.

Las fichas se movieron y los pesos cambiaron: entró Anibal Fernández como nuevo ministro de Seguridad, un perfil mucho más duro que su antecesora Sabina Frederic; el ministro de Educación Nicolás Trotta fue reemplazado por Jaime Perzyck; y se ubicó a Julián Dominguez en reemplazo de Luis Basterra como ministro de  Agricultura, Ganadería y Pesca. En la volteada también cayeron el canciller Felipe Solá, quien fue reemplazado por Cafiero (¿premio consuelo?) y el ministro de Ciencia y Tecnología, Roberto Salvarezza, cuya cartera quedará a cargo de Daniel FIlmus.

Ahora bien, ¿y los reclamos sobre la dirección económica del país? Bien gracias. Tras el recambio de ministros/as este tema quedó (por ahora) en segundo plano. Si el problema era (es) la situación económica de la Argentina, ¿por qué no hubo cambios en el gabinete económico? Acá el albertismo resistió. Guzmán sigue en pie al igual que Miguel Ángel Pesce (BCRA). También se quedan Mercedes Marcó de Pont (AFIP), Matías Kulfas (Producción) y Claudio Moroni (Trabajo). Parece ser que esta puja se mantiene de manera interna y que, a su vez, sigue imperando la visión macroeconómica del presidente.

En este contexto pareciera no haber ni vencedores/as ni vencidos/as. Cristina impuso un cambio de gabinete antes de las elecciones de noviembre y logró sacar del medio a Cafiero, que había sido muy criticado. Mientras tanto, Alberto resistió con el rumbo económico y se quedó con los ministros que definen realmente los pasos que podrían llevar a una reactivación del país. ¿Se trata de una buena maniobra o de un tiro en el pie? Pronto se sabrá.

Mientras tanto en medio del tiroteo quedaron en peligro los y las de siempre: la gente. En un país con un 42% de pobres y un 51% de inflación interanual, la fragilidad social y económica es evidente. Sin contar que los temblores de carácter político prenden las alarmas de los mercados internacionales y tienen un impacto directo en las capacidades económicas del país. Si de gobernar se trata, la disputa debiera estar puesta en las necesidades reales de la ciudadanía. Poco importa si gana Alberto o Cristina, cuando quien pierde siempre es la gente.

¿Unidos o Renunciados?

Por Esteban Chiacchio

El domingo 25 de octubre de 2015, el Frente Para la Victoria sufría uno de los golpes más fuerte en sus casi dos décadas de existencia: perdía la Provincia de Buenos Aires a manos de Cambiemos, con su candidata María Eugenia Vidal a la cabeza, allanándose así el camino para lo que sería el triunfo electoral en segunda vuelta presidencial de Mauricio Macri. La ex vicejefa porteña le sacaba cuatro puntos de ventaja a Aníbal Fernández, victorioso en los comicios primarios frente a Julián Domínguez, con un triunfo que lejos estuvo de calmar la interna dentro del kirchnerismo: por el contrario, la campaña había acentuado el fuerte desapego por parte del quilmeño hacia el, en aquel entonces, Presidente de la Cámara de Diputados. En los resultados finales, de los 40 puntos que había sacado el FPV en las PASO, cinco se escurrieron en las generales, casi igualando la diferencia que tejió por encima de Fernández la propia  Vidal. 

Aníbal Fernández, en aquella época, lidiaba con fuertes acusaciones de vínculos con el narcotráfico que habían tenido fuerte énfasis en uno de los programas periodísticos más exitosos de esos tiempos, Periodismo Para Todos, conducido en Canal 13 por Jorge Lanata. En específico, un informe en dicho medio lo vinculaba al triple crimen de Sebastián Forza, Leopoldo Bina y Damián Ferrón en General Rodríguez en el año 2008, adjudicando la orden de los asesinatos al ministro kirchnerista, en pos supuestamente de monopolizar bajo su mano el tráfico de efedrina a nivel nacional. Semejante acusación generó un estigma en la figura de Aníbal Fernández, uno que creció semana tras semana y que explotó por los aires en la recta final de la campaña electoral.

Aún con las PASO por desarrollarse, Fernández denunció pública y judicialmente a Canal 13 y a Jorge Lanata, explicando que el único fin de revivir aquel caso era dinamitar sus chances de llegar a la gobernación. Tres años después, Martín Lanatta, uno de los detenidos por el triple crimen que prestó testimonio contra Aníbal Fernández en aquella transmisión de PPT, denunció al diario Página 12 que se había tratado pura y exclusivamente de una operación mediática. Dicho esto, la derrota del ex intendente de Quilmes no se explicaba -por sí misma- solo por el quehacer del mencionado periodista: Fernández dinamitó a su ex adversario en la primaria abierta del oficialismo, Julián Domínguez, vinculándolo con lo que identificó como una operación mediática: “Por el invento de Lanata y que mis compañeritos, algunos traidores del propio movimiento, utilizaron para su propio beneficio, tengo la tranquilidad de la conciencia y voy a hacer la denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA“. Y acuñó al caso una expresión que hasta hoy en día sigue en boga: “Ese fuego amigo creyó que me paraba en una elección, pero no se dio cuenta de que se hacía un agravio a sí mismo“. Todas estas son expresiones recogidas en aquel entonces por el diario La Nación, a fines de octubre del 2015.

Si Julián Domínguez buscó capitalizar, por decisión u omisión, el desprestigio de Aníbal Fernández a favor de sus chances de ganar la primaria, Felipe Solá, tercero en la elección y candidato a la gobernación por el Frente Renovador, directamente surfeó la ola de denuncias contra el Jefe de Gabinete de la administración Fernández de Kirchner: “Si vos amás la Provincia y ves a algunos candidatos a gobernador, te preocupás, ¿no es cierto? Imaginen a Aníbal Fernández conduciendo la Provincia” explicaba Solá acompañado por su candidato a vice, el hoy candidato a diputado por el Frente de Todos, Daniel Arroyo. Las palabras del ex canciller cerraban con la leyenda: “Es droga sí o droga no”. El porcentaje que Solá logró en los comicios, juntados junto a los del FPV, hubieran superado por creces al obtenido por la gobernadora electa. Eran otros tiempos.

Esta triada de nombres -Fernández, Domínguez, Solá- diferentes en sus visiones pero horizontales en la derrota en suelo bonaerense hace ya seis años, volvieron a enredarse en la trasnoche del viernes, componiendo sin saberlo un acto que dibujó dos características centrales del Frente de Todos: el olvido de las diferencias del pasado en nombre de la concertación, y la desprolijidad como ritmo político en el armado. Culminaba una semana ardiente, la prensa comenzaba por primera vez a bajar la guardia: quien no estaba tomando una cerveza helada como ceremonia de clausura del último día hábil, relojeaba la cama para arrojarse hacia el descanso. El lunes siguiente, en 72 hs., se sabría quién ingresaba y quién salía del gabinete nacional. Falso. El Frente de Todos, una coalición gestada en público a partir de un video en redes sociales un sábado por la mañana, descartó desde su génesis hacer un uso racional del tiempo: terminaba entonces la semana, pero no sin antes que los tres protagonistas de este artículo tomaran un inesperado protagonismo. En efecto, Felipe Solá era removido de su cargo de forma sumamente desordenada: con el canciller sin haber puesto pie en la Cumbre de la Comunidad de los Estados Latinoamericanos y Caribeños, ya estaba en marcha el llamado de Santiago Cafiero para notificarle que debía dimitir del cargo. Para mayor incomodidad de lo que debe haber sido aquella charla, el propio Cafiero debía comunicarle que él mismo era su reemplazante. 

Durante la administración de Mauricio Macri y la primera mitad del gobierno de Alberto Fernández, Solá se mantuvo ininterrumpidamente en la función pública: a su banca en la Cámara de Diputados le sumó una candidatura a la presidencia anunciada en abril del 2019, la cual bajó una vez conformada la fórmula Fernández-Fernández. Con el tono concertador, sin vínculos con el kirchnerismo duro y galardonado por el presidente tras declinar sus aspiraciones a la Casa Rosada, Solá aterrizó en la cancillería más por una premiación a su labor por la unidad que por sus talentos en el campo de la diplomacia.

Aníbal Fernández y Julián Domínguez eran outsiders en la gran fiesta inicial de la coalición oficialista. El primero se volcó en el debate político en un rol mayoritariamente mediático, en dónde, sin el apretujamiento del protocolo del cargo oficial de primera línea, analizaba el presente del gobierno en línea con la visión del binomio de los Fernández, dejando cualquier diferencia del pasado con Alberto o con Cristina atrás. Si el ex Jefe de Gabinete no integraba la administración FF, cabe decir, no respondía (únicamente) a los vestigios de la disputa legal con Lanata, sino a ser considerado una figura perteneciente a un tipo de actitud en el ámbito político que no cuajaba con el tipo de consenso transversal con el que fantaseaba en un principio Alberto Fernández. A comienzos de 2020 fue asignado a una tarea de exposición pública menor, en la intervención de Yacimientos Carboníferos Río Turbio, sin que esto ralentizara su performance en medios. 

Si Aníbal Fernández sostuvo su carrera política con clave en la exposición, Julián Domínguez se refugió en un prolongado silencio, consolidando sus buenas migas con diferentes integrantes del Frente de Todos desde la víspera de la asunción del 10 de diciembre de 2019. Tras la experiencia de 2015, coqueteó sin llegar a mayores con Florencio Randazzo para mantenerse al margen de la política partidaria hasta la nueva convocatoria que tocó a su puerta mientras el último viernes se apagaba.

Julián Domínguez, en efecto, regresará a la cartera de Agricultura, Ganadería y Pesca, que encabezó entre 2009 y 2011. Aníbal Fernández hará lo propio en el Ministerio de Seguridad. Solá, en el mientras tanto, mastica la bronca de haber sido expulsado de su puesto en plena misión diplomática. Su carrera política se mantiene en suspenso, si bien aparentemente el puesto de embajador en México lo espera. Más hacia aquí, en Argentina, el Frente de Todos puede exhibir que de la crisis se salió con la paz hecha entre dos antiguos adversarios, ambos del agrado de la vicepresidenta y con fuertes contrastes con sus antecesores en el puesto en cuanto a apoyo interno. Mientras se evalúa como una vez juramentados harán lo propio para que el FDT recupere la confianza para afrontar la sensible presente del país, el presidente sabrá que encarará en conjunto dicha tarea con el resultado de la última elección gritando una verdad sumamente dura de oír para el oficialismo: solo con la unidad no alcanza. 

Juan Manzur, una propuesta federal y el rechazo de los movimientos feministas

Agostina Bergia y Julieta Cravero

La incorporación del -reciente-ex-gobernador- tucumano como Jefe de Gabinete fue sin dudas la modificación que más reticencia y rechazo generó. Particularmente, la figura de Juan Manzur choca con el carácter supuestamente progresista del actual Gobierno nacional. Una de las principales causas que generan repudio respecto de su persona es que justificó la cesárea de una nena de 11 años violada que había solicitado la Interrupción Legal del Embarazo. Otra cosa que se le atribuye es haber manipulado las cifras de mortalidad infantil en Tucumán en los años previos a ser designado ministro de Salud de la Nación. Finalmente, se lo denuncia por haber encubierto la desaparición forzada seguida de muerte de Luis Espinoza, cometida por la policía tucumana el año pasado.

Sin dudas, el gobernador provida y públicamente declarado como miembro del Opus Dei no es el estandarte de la lucha por los derechos humanos. Asimismo, es importante mencionar que el movimiento feminista ha traccionado gran parte de los votos que obtuvo el FdT en las pasadas elecciones presidenciales y sus demandas y preocupaciones no fueron tenidas en cuenta.   

Sin embargo, ante los temores infundados de que esta nueva designación podría representar un retroceso en los derechos adquiridos recientemente, es necesaria una lectura más amplia de su figura y actual cargo. En primer lugar, en el marco de un sistema político presidencialista, las decisiones sobre políticas de Estado las toma el presidente con el aval -o no- del Congreso Nacional. Los funcionarios/as de las diferentes carteras ministeriales pueden negociar de manera interna pero, finalmente, acatan los lineamientos mayoritarios. En la actualidad, el jefe de Gabinete no tiene la facultad ni la posibilidad de ir en contra de las decisiones del presidente y de los/as ministros/as que lo apoyan. Por lo tanto, quién fijará el rumbo será Alberto Fernández.

En segundo lugar, la figura de Manzur presenta matices –como la de cualquier persona y/o funcionario/a-. Fue ministro de Salud de la Nación entre 2009-2015, período caracterizado por numerosos avances en materia de derechos humanos. En esos años, se sancionó la Ley de Identidad de Género, la Ley de Matrimonio Igualitario, se otorgó la posibilidad de jubilarse a las amas de casas, se estableció el régimen de empleadas domésticas, y se crearon la asignación por embarazo y la asignación universal por hijo/a. Ello es una prueba fehaciente de que un solo ministro o jefe de gabinete, no puede frenar la avanzada de derechos.

Por otro lado, bajo su gobernación en Tucumán se promulgó el primer protocolo de Interrupción Legal del Embarazo de la Argentina. Asimismo, en el último debate por la Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Congreso Nacional, cuatro de los/as cinco diputado/as que responden a Manzur votaron a favor de la aprobación del proyecto (Pablo Yedlin, Nilda Carrizo, Mario Leito y Carlos Cisneros) y, en el Senado, la única senadora que responde a él -Beatriz Mirkin- votó también a favor.

De hecho, Pablo Yedlin -uno de los favoritos del ex gobernador y presidente de  Comisión de Salud de la Cámara de Diputados desde fines del 2019- empujó fuertemente para lograr su aprobación. Este mismo ganó las PASO de Tucumán el pasado 12 de septiembre, lo que representa una victoria para la agenda de los derechos humanos.

La derrota del Frente de Todos el domingo pasado puso de manifiesto la necesidad de abandonar al “porteñocentrismo” y de priorizar una agenda federal. La designación de Juan Manzur responde a esa lógica y se asienta como una opción viable dentro de las filas del peronismo, ya que gobernó una de las pocas provincias que ganó en las PASO y fue reelecto en 2019 con más del 50% de los votos.

Todo esto no quiere decir que no deban efectuarse críticas a su designación, sino simplemente poner de relieve que la política es siempre un asunto complejo. Las preocupaciones de un movimiento tan importante como heterogéneo como lo es el feminismo no se terminan en las elecciones. En efecto, será el peronismo conservador, federal y dominado por varones, quién deberá repensar cómo construir gobernabilidad sin desestimar las inquietudes de un peronismo progresista y feminista que cada día resulta más difícil doblegar.

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