La política exterior estadounidense y el dilema doméstico

La política exterior no fue un tema significativo en las elecciones de 2020. Como candidato, Biden hizo hincapié en su experiencia y estilo contrastante de liderazgo, pero ofreció pocas propuestas detalladas. Sin embargo, estableció algunas prioridades: estas incluyeron la reincorporación al Acuerdo de París, el compromiso con el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, conocido como el acuerdo con Irán) y la reorganización de las operaciones en la frontera de Estados Unidos con México. Cada uno de ellos apoyó su agenda interna o apeló a distintos grupos entre los partidarios del presidente.

La administración Biden hasta ahora ha llevado a cabo operaciones de libertad de navegación en el Mar de China Meridional y mostró un fuerte respaldo a Taiwán. Ha criticado las acciones del gobierno chino en Hong Kong, así como su maltrato a los uigures y otras minorías étnicas y religiosas. Además, ha apoyado la coordinación entre Estados Unidos, Australia, India y Japón en el marco del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (el Quad) para garantizar un Indopacífico “libre y abierto”.

Por otro lado, la postura de Estados Unidos hacia Europa refleja una mezcla de continuidad con la administración Trump y la tendencia a restablecer los enfoques de la era Obama. Aparte de revertir la decisión de mover tropas fuera de Alemania, la mayoría de los aspectos de la política de la OTAN son indistinguibles de los de la era Trump. Asimismo, Biden ha decidido establecer nuevamente conversaciones con el presidente ruso Vladimir Putin en una reunión bilateral en Ginebra.

En su primer viaje internacional, el presidente demócrata recalcó el tema definitorio de su política exterior. La rivalidad entre Estados Unidos y China, dijo, es parte de un “concurso más grande con autócratas” sobre “si las democracias pueden competir… en el rápidamente cambiante siglo XXI”. En este marco, Biden ha argumentado repetidamente que el mundo ha alcanzado un “punto de inflexión” que determinará si este siglo marca otra era de dominio democrático o una era de ascendencia autócrata.

Para la presente administración, el concepto captura lo que está impulsando las relaciones de los Estados Unidos con sus principales rivales y lo que está en juego. Vincula la competencia de las grandes potencias con la revitalización de la democracia estadounidense y la lucha contra los flagelos transnacionales, como la corrupción y el COVID-19. Y centra a los Estados Unidos en una estrategia de fortalecer el mundo democrático contra el conjunto de amenazas que ha enfrentado en generaciones.

El presidente Donald Trump puede haber convertido a Washington hacia la competencia de las grandes potencias, pero Biden ha puesto ese tema dentro de un marco estratégico más amplio. Hasta que ocurrió la pandemia, Trump a menudo parecía ver la rivalidad entre Estados Unidos y China principalmente como una lucha por los términos de intercambio. Por el contrario, Biden ve esa competencia como parte de “un debate fundamental” entre aquellos que creen que “la autocracia es la mejor manera de avanzar” y aquellos que creen que “la democracia prevalecerá y debe prevalecer”.

Desde la retórica plasmada por la administración Biden, la comunidad de naciones democráticas se enfrenta a dos desafíos interrelacionados. En primer lugar está la amenaza de las potencias “autoritarias”: Rusia y particularmente China. Estos países están disputando el poder de Estados Unidos en todo el mundo y “amenazando” naciones democráticas desde Europa del Este hasta el Estrecho de Taiwán. Sin embargo, el desafío que plantean es tanto ideológico como geopolítico. Diferentes modelos de orden en el país producen diferentes visiones del orden en el extranjero: Rusia y China quieren debilitar, fragmentar y reemplazar el sistema internacional existente. El supuesto peligro, entonces, es que Moscú y Beijing hagan que el mundo sea seguro para la autocracia de maneras que lo hagan inseguro para la democracia liberal que Estados Unidos pregona.

Según Estados Unidos, Rusia está utilizando los ciberataques y la desinformación para desequilibrar a las democracias y volver a sus ciudadanos unos contra otros, al igual que las sociedades liberales se han vuelto cada vez más tribales y polarizadas. China utiliza su poder de mercado para castigar la crítica, es decir, la libertad de expresión, en las democracias avanzadas desde Europa hasta Australia; proporciona a los autócratas del mundo las herramientas y técnicas de represión; y está reescribiendo las reglas de las organizaciones internacionales para proteger e incluso privilegiar lo que Estados Unidos plantea como el modelo autoritario. Lo más amenazante para Washington es que Beijing está realizando fuertes inversiones en tecnologías, como las telecomunicaciones 5G y la inteligencia artificial, destinadas a difundir la influencia autócrata de China e impulsar más allá de sus rivales democráticos.

La segunda amenaza es la decadencia de la democracia “desde dentro”. En los últimos años, Estados Unidos ha visto la elección de un presidente que se ha esforzado por socavar las instituciones democráticas hasta el punto de no reconocer el resultado de una elección. En todo el mundo liberal, los sentimientos antidemocráticos y la insatisfacción con las instituciones representativas han alcanzado alturas no vistas desde la Segunda Guerra Mundial. Estas tendencias son alarmantes por derecho propio, y también dejan a Estados Unidos y a sus aliados más vulnerables ante el peligro de la llamada autocracia. Esta crisis de gobernanza democrática en el propio suelo estadounidense es una pieza fundamental que se funde con la crisis de influencia democrática en el extranjero.

Frente a estos desafíos simultáneos, la política exterior de Biden se ha centrado en poner en funcionamiento este amplio concepto arraigado en la idea que la supremacía de la democracia está más en peligro que en cualquier otro momento en generaciones. Mientras que muchas de las peores relaciones internacionales de Trump fueron con los aliados más cercanos de Estados Unidos, Biden ha dado prioridad a reparar esas alianzas como escudos en la democrática global. Ha tratado de suavizar las disputas diplomáticas y comerciales con Europa para crear un frente único más fuerte contra Rusia y China y ha trabajado con aliados en Europa y el Indopacífico para señalar que la agresión contra Taiwán podría costarle caro al Partido Comunista Chino (PCCh). Una cumbre temprana del G7 en Reino Unido produjo un lenguaje común sobre la supuesta “amenaza” china y planes para un programa de infraestructura que promoverá proyectos de desarrollo, en respuesta a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Beijing.

Repasando alguna de las medidas más relevantes que se han tomado hasta el momento se destaca que el 13 de abril Biden anunció que Estados Unidos retiraría todas las tropas estadounidenses restantes de Afganistán para el 11 de septiembre, el vigésimo aniversario de los ataques del 11 de septiembre que precipitaron la invasión estadounidense del país. Biden retrasó un plazo de retirada del 1 de mayo alcanzado entre la administración Trump y los talibanes, y su plan ha sido aclamado por defensores que durante mucho tiempo han pedido a Estados Unidos que ponga fin a sus llamadas “guerras para siempre”.

Por otra parte, la promesa de Biden de restablecer las políticas de la era Trump en la frontera sur con México también ha sido ad hoc en medio de un aumento en las llegadas de migrantes y solicitantes de asilo, la gran mayoría de Centroamérica. La actual administración demócrata puso fin a la llamada política de Trump de “Permanecer en México”, que requería que los solicitantes de asilo permanecieran en México, a menudo en campamentos improvisados establecidos a lo largo de la frontera, mientras se procesan sus solicitudes de asilo en Estados Unidos. También puso fin a acuerdos con El Salvador, Guatemala y Honduras que permitieron a las autoridades estadounidenses deportar a los solicitantes de asilo que pasaron por uno de esos países en su camino a Estados Unidos y enviarlos de vuelta. Sin embargo, la administración Biden continúa usando el “Título 42,” una política de salud pública de la era Trump que permite a las autoridades expulsar a la mayoría de los migrantes en la frontera durante la pandemia COVID-19, aunque Biden ha eximido a los menores no acompañados.

Biden ha tomado el mismo rumbo en la competencia tecnológica. Por ahora, la administración ha rebajado la idea de crear un organismo multilateral o alguna otra gran coalición democrática formal para contrarrestar las influencias autárquicas en la tecnología. En su lugar, está trabajando con determinados países y agrupaciones -Corea del Sur sobre semiconductores y tecnología 5G y 6G, la UE sobre la alineación de la tecnología y la política comercial, Japón para garantizar una Internet global abierta, la OTAN sobre la lucha contra los ciberataques y la desinformación- para construir la cooperación democrática desde cero.

En cuanto a lo doméstico, el presidente demócrata ha estado buscando inversiones en investigación y desarrollo científico, infraestructura digital y física, y otras áreas para mejorar la competitividad y abordar la alienación de la clase trabajadora y media. Su promesa de una “política exterior para la clase media” tiene la intención de mostrar que el compromiso global puede pagar a las familias trabajadoras, y su impulso por un impuesto mínimo global, ayudaría a las democracias a invertir más en sus ciudadanos. Desde su perspectiva, estas medidas representan pagos iniciales sobre el tipo de reforma interna que una vez ayudó a las democracias liberales a ganar otra competencia de sistemas durante la Guerra Fría.

Biden estuvo involucrado en el último gran concurso de ideas globales y conoce las principales formas en que Estados Unidos lo ganó. Es decir, trabajando con aliados y países socios globales, y también asegurándose de que el frente interno de los EE. UU. esté unido, dispuesto y sea capaz de sostener tal competencia durante un largo período de tiempo. Al tratar de reconstruir la sociedad y la infraestructura nacionales de Estados Unidos, destaca que él cree que los próximos desafíos de política exterior de Estados Unidos serán más similares a los encontrados durante mediados y finales del siglo XX, algo que puede jugarle en contra.

Por otro lado, es importante destacar que estas contradicciones pueden verse reflejadas cuando afirmó que “palestinos e israelíes merecen por igual vivir con seguridad”. Pero a cada paso, se ha mantenido fiel a su apoyo de larga data y casi incuestionable a Israel: defendió las acciones militares israelíes, diciendo que los ataques aéreos no fueron una “reacción exagerada significativa”; se negó a pedir públicamente un alto el fuego inmediato; y se comprometió a reponer el sistema de defensa aérea de Israel.

Esto es una señal de una tendencia más amplia: incluso cuando Biden ha virado a la izquierda en cuestiones internas, su enfoque de política exterior está en gran medida atrapado dentro de un consenso obsoleto. A pesar de las crisis globales y los interminables conflictos que han envuelto a la política estadounidense en las últimas dos décadas, Biden está reciclando juicios pasados sobre alianzas, necesidades de seguridad y dominio general, no solo sobre Israel, sino también sobre China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela, Cuba, y la lista continúa. Cuando Biden declara que “Estados Unidos está de vuelta” y “listo para liderar el mundo“, está señalando un cambio de tono, no de sustancia.

En esencia, se puede decir que la política exterior de Biden es una recalibración para generar la fuerza nacional necesaria y la alianza internacionales necesarias para un potencial concurso de ideas global prolongado. Esta fuerza interna y esta red de aliados también serán vitales a medida que otros desafíos impacten en Estados Unidos, en particular el del cambio climático, el impacto de la globalización y la importancia cada vez mayor de la tecnología. En varios aspectos, sin embargo, la política exterior a largo plazo de Biden se verá similar a la de su predecesor. Para esto es fundamental la creencia en una contienda de grandes poderes y una batalla de ideas que se avecina. Sin embargo, como se evidencia, con sus propuestas a aliados clave, es probable que Biden aborde los desafíos de una manera más tradicional que la de su predecesor.

Estados Unidos no puede permitirse el nivel de lujo que logró en los últimos días después de la caída de la Unión Soviética. El ascenso de otras potencias, en particular China, significa que Estados Unidos ya no tiene la opción de dedicar recursos a todos los problemas del mundo. La creciente polarización política interna ha eviscerado el consenso necesario para crear una política exterior coherente, y la creciente deuda de Estados Unidos y una sociedad envejecida eventualmente obligarán a Estados Unidos a reducir su gasto en defensa y seguridad nacional. Los progresistas de izquierda y los trumpistas de derecha argumentan sobre la necesidad de priorizar la economía estadounidense en el establecimiento de la política exterior. Los votantes no recompensarán una política exterior de Biden que se entromete en problemas distantes en nombre del liderazgo global de Estados Unidos mientras parecen descuidar los problemas en casa.

Escrito por

Licenciada en Ciencia Política UBA. Me especializo en política estadounidense y los nuevos movimientos de derecha.

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