Reconfiguración política en USA: la era post-Trump

Las elecciones en Estados Unidos generaron más dudas que certezas

En medio de un trasfondo de devastación económica y pérdida de vidas por la pandemia, protestas contra el racismo estructural, radicalización de sectores aliados al supremacismo blanco y las crecientes tensiones entre el gobierno federal, los gobernadores y sus ciudadanos cansados de las restricciones de aislamiento, la votación por correo se convirtió en la principal aliado de los votantes estadounidenses que esperaron 4 años para ir a las urnas, con resultados acentuados por la polarización como nunca antes se ha visto.

Ambas partes sufrieron derrotas: el Partido Republicano perdió la Casa Blanca mientras que los Demócratas no lograron capturar el Senado o consolidar su mayoría en la Cámara de Representantes. En cambio, una presunta blue wave fue reemplazada por un estallido de tensiones internas de larga data entre liberales y conservadores después de una serie de pérdidas inesperadas en distritos clave donde el desempeño de Trump superó las expectativas.

Si bien la política estadounidense ha estado dominada por los partidos demócrata y republicano desde la Guerra Civil, ambos han perdido su capacidad para organizar una respuesta colectiva eficaz a los desafíos sociales de hoy en medio de una polarización sin precedentes. Ambos partidos políticos sufrieron particularmente de una pérdida de confianza pública en la era posterior al Watergate y les ha resultado mucho más difícil construir instituciones partidarias arraigadas en las comunidades locales. Si alguien puede poner orden en estos componentes difíciles de manejar, ese es el presidente.

Sin embargo, el Partido Demócrata ha sufrido más bajo los presidentes demócratas, quienes históricamente han descuidado invertir en organizar la participación de los votantes a nivel local. Como resultado, el partido tiene una mayor posición a nivel nacional, pero sigue siendo débil en muchas legislaturas estatales. Por el contrario, los presidentes republicanos que se remontan a Eisenhower, han invertido constantemente en las capacidades de organización de su partido a nivel nacional, estatal y local: financiando iniciativas locales de construcción de partidos, reclutando activistas, voluntarios y candidatos, enseñando técnicas de campaña y lanzando sistemas de recaudación de fondos.

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Si bien Joe Biden ganó en Nevada, Georgia y Arizona a pesar de la debilidad entre los votantes hispanos en todo el país y los sindicatos han colaborado con la ejecución de algunas tareas de campaña, los demócratas no lograron expandir sus victorias más allá del éxito que tuvieron en las urnas en 2018. En otras palabras, la movilización de varios años de los activistas nunca dio el salto completo de la campaña anti-Trump a un esfuerzo partidario a gran escala.

Mientras más se peleen los distintos sectores demócratas, menos cooperarán en la construcción del partido. Sin embargo, los demócratas enfrentan un desafío central para ganar mayorías: sus partidarios se inclinan hacia lo urbano en un sistema político que beneficia a los votantes rurales. A medida que la política se nacionaliza, es cada vez más difícil para los partidos estatales y locales separarse de la marca general del partido, lo que genera más obstáculos para los demócratas Blue Dog, cada vez más amenazados, que representan a las comunidades rurales.

Está a punto de descubrirse si el presidente entrante ─ quien hoy representa al sector moderado del partido y ha elegido como compañera de fórmula a Kamala Harris, una figura conocida que responde al ala progresista, construyendo así un equilibrio de fuerzas e intereses dentro del partido, lo cual representa un enorme desafío ─ es la persona mejor posicionada para reconstruir un partido de manera vertical, y si dedicará la atención y los recursos que esto requeriría, entendiendo que la sociedad está demando representación efectiva de minorías étnicas y la incorporación de sectores que históricamente han sido relegados por la política tradicional y, ante la crisis social que se vive en Estados Unidos, optan por politizarse en un contexto de polarización extrema donde los demócratas le abren la puerta a los movimientos sociales para ampliar su electorado.

Créditos: Craig Hudson (@chudsonphoto)

Por su parte, el GOP tiene desafíos que encarar en el corto/mediano y largo plazo. El primero corresponde a intentar erigir un discurso político por fuera del ideario perpetrado por el presidente Trump respecto al fraude electoral, lo cual socava la legitimidad del presidente electo y va en contra de la ideología que sostiene el establishment del partido; y el segundo hace hincapié en la reconfiguración partidaria que deberá llevarse a cabo en los próximos años de cara a las elecciones presidenciales 2024 tras la retirada de Donald Trump del plano político.

Se abre así, un nuevo panorama de acefalía, desconcierto e incertidumbre donde los distintos cuadros medios ─ que han sido cooptados por el movimiento trumpista ─ intentarán construir cierto protagonismo en el escenario nacional. En una corta pero interesante lista de candidatos dispuestos a ser la nueva cara de la reconstrucción del GOP se incluye a Kristi Noem, gobernadora de Dakota del Sur, una figura en ascenso del partido quién para 2024 tendrá 52 años (dato no menor considerando que en esta elección cualquier candidato que lograra imponerse sería el presidente más anciano en llegar a la Casa Blanca). Si bien se encuentra en un estado que es un sólido bastión republicano (Trump logró un 62% de los votos), sólo aporta 3 votos en el Colegio Electoral.

Y por otro lado, el gobernador del estado de la Florida, Ronald DeSantis, una de las caras más jóvenes y nuevas que ha incorporado el trumpismo en los últimos tiempos, tendrá solo 45 años en 2024 y el estado que gobierna ha decidido quién se convertiría en presidente en las últimas 6 elecciones presidenciales, siendo una de las arenas de disputa más interesantes del 2020. Cabe destacar que Florida ha sido el swing state por excelencia en las carreras presidenciales de 2016 y 2020 por la centralidad del voto latino que se encuentra en pleno auge y este año la comunidad latina se convirtió en la primera minoría étnica en sobrepasar los 32 millones de ciudadanos elegibles para votar según Pew Research Center.

Estados Unidos es un país que posee una población cada vez más diversa y esto presenta un desafío aún mayor para los republicanos: poder interpelar a un electorado distinto a la actual base propia del partido mayoritariamente blanca. Incluso cuando los republicanos se aferran al proyecto trumpista, eso no les garantiza que los más de 72 millones de estadounidenses que votaron por Trump en las elecciones de 2020 sigan apoyando al GOP.

Donald Trump supo hablarle a un sector importante de votantes latinos de Texas y Florida donde consolidó una base de apoyo que le dio la victoria a nivel estatal en 2016 y en 2020. Interpeló a un electorado que no había votado por el Partido Republicano anteriormente y sería interesante ver cómo se comportan de cara al futuro. Teniendo en cuenta que según el censo de 2019, los no blancos e hispanos constituían la mayoría de los estadounidenses menores de 16 años, sería crucial para los republicanos mantener y profundizar estos avances si no quieren enfrentar una caída de votantes en el futuro a mediano y largo plazo. El interrogante que queda abierto es entonces, ¿estos sectores serán leales sólo a Trump o al Partido Republicano?

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Escrito por

Politóloga UBA. Tengo un podcast sobre la campaña en Estados Unidos en Spotify. Newsletter en Libération sobre Estados Unidos. Reporté las elecciones más raras del mundo para Le Monde. Me gusta escribir sobre política internacional y las nuevas derechas.

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